Archivo | diciembre, 2012

Flor se lleva el clima de San Pablo y Fer, la calle Augusta

5 Dic

A Flor la conzoco desde la infancia. Amiga de una amiga mía del colegio (también llamada Florencia), siempre nos encontrábamos por lo menos una vez al año: el 24 de abril, para festejar el cumpleaños de esa gran persona que nos unía. Sin embargo, ambas coincidimos en que nos conocimos de verdad en los últimos dos años, cuando ella se mudó a San Pablo. Nuestra relación hoy en día es otra.

En 2010 me llegó un mensaje de Flor avisándome que se mudaba a San Pablo. Fer, su novio, se venía a trabajar acá y ella también decidió venirse. Arreglamos para encontrarnos en un festival de cine latinoamericano, para ver una película argentina (Dos hermanos, de Daniel Burman). Después fuimos los cuatro (ellos, João — mi novio — y yo) a un bar en la plaza Roosevelt, en pleno centro, llamado Papo, Pinga e Petisco, más conocido como PPP.

En mis primeros años en San Pablo no conocí a muchos argentinos. Flor y Fer fueron mis primeros amigos conterráneos, con quienes compartí muy buenos momentos — hablo en tiempo pasado porque el mes que viene cruzan el Atlántico y se van a vivir a Londres. Nuestras salidas siempre me dejaban feliz, no sé si por la identificación que sentía con ellos o tal vez por despertar una cierta añoranza de la Argentina. O quizás no era por compartir la condición de extranjeros, sino simplemente porque son personas muy divertidas y genuinas, con las que me divierte salir y charlar.

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El último viernes fuimos como despedida a aquel primer bar al que habíamos ido hace dos años. Les propuse un ejercicio: hacerles algunas preguntas sobre San Pablo para guardar la visión que tienen actualmente de la ciudad y de su experiencia en estos dos años. La charla de 20 minutos la pueden escuchar a seguir (sepan disculpar algunas expresiones en auténtico portuñol)

Para los que no puedan o quieran apretar play, les cuento un poco. Al preguntarles qué se llevarían de San Pablo,  Flor me sorprendió al responderme que sería el clima. ¿QUIÉN SE QUIERE LLEVAR EL CLIMA DE SAN PABLO, FLOR? Ese estado loco de frío y calor, sol y lluvia al mismo tiempo… Me acordé de esta foto que salió en el diario Folha de São Paulo el miércoles pasado, de un día bipolar:

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(Sí, vivimos dos situaciones climáticas opuestas en un mismo día)

Flor también se llevaría la playa del litoral del estado, el arte urbano, el portugués, el arroz (“el mejor arroz que comí en mi vida”) y el servicio gastronómico. La pregunta sobre qué no pondrían en la valija le costó, pero mencionó a los taxistas, que están siempre perdidos, y después dijo: “Es que la pasamos bien acá, el país fue muy generoso”.

Tanto a Flor como a Fer les sorprendió la Virada Cultural (evento del que hablé en este post). “Me encanta tanto de día, como de noche, cuando se empieza a poner heavy”, comentó Fer. Él se llevaría la cerveza fría de San Pablo y la calle Augusta (sólo de noche), pero dejaría tranquilamente el caos en el tránsito y que todas las cosas queden tan lejos entre sí. Más tarde, cuando había dejado de grabar, Fer agregó que San Pablo tiene un encanto propio, diferente.

Les pedí que mencionaran algunos restaurantes o bares que les gustaron, y son estos: Papillon de Nuit, Skye Bar, Kaos, Quintal, Chico Hamburguer y un lugar de sushi en el barrio Moema del que no se acuerdan el nombre. Y al preguntarles qué traerían de la Argentina a San Pablo, me respondieron de forma tajante: los alfajores y las golosinas.

La entrevista-experimento fue muy divertida y me pareció una forma muy linda de despedirse de esta ciudad que tanto Fer como Flor disfrutaron tanto. Una cosa que comentaron después de la entrevista y no está en el audio es cómo sienten que todavía les quedan actividades por hacer y lugares para conocer. San Pablo no se agota nunca.

Si hay algo que voy a extrañar de estas dos personas es su visión tan positiva de la ciudad. Termino el post con una foto con Flor durante la Virada Cultural de 2011. No tengo idea de qué nos reíamos, pero es uno de tantos buenos recuerdos que guardaré de estos dos años.

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La Bienal a los 13

4 Dic

Se está por terminar la 30ª Bienal de San Pablo, en el Parque Ibirapuera — va hasta el 9 de diciembre. Al pensar en ese gran evento de arte, me acordé de un texto que escribí en 2010 para el taller de Periodismo Narrativo, de la Escuela Móvil de Periodismo Portátil, dictado por Juan Pablo Meneses. Fue un reportaje que muestra la Bienal através de los ojos de una joven adolescente.

***

Un cuchillo de carnicero roza el cuello del presidente de Brasil, preso con sogas a una silla. Luiz Inácio Lula da Silva resiste, pero no puede escapar. Parado atrás de él, el artista pernambucano Gil Vicente sostiene el arma con una mano y, con la otra, le agarra con fuerza el cuero cabelludo. La amenaza se mantiene así: estática e inminente. Y en blanco y negro, pues la escena, dibujada con carbonilla, ocurre en una hoja de papel de 2 metros por 1,50, expuesta en la 29ª Bienal Internacional de Arte de San Pablo. La obra responde con fidelidad al lema de la edición actual de la muestra: es imposible separar arte y política.

Las escenas violentas y realistas de la obra Inimigos (Enemigos) que, además de Lula, deja vulnerables a personajes políticos, como George Bush, Kofi Annan y Mahmoud Ahmadinejad, son un imán que atrae los ojos curiosos de los visitantes. Ojos como los de Caroline Gomes, que se detiene a leer las fichas de cada una de las obras y las anota en una hoja arrugada de papel. Mira las fichas. Mira las obras. Y escribe. No se deja incomodar por la gente alrededor. Anota, anota todo. “Es mi obra preferida porque muestra la indignación del artista con los políticos”, opina con elocuencia.

Minutos antes de empezar el recorrido, un martes de octubre a las 10.30 de la mañana, un grupo de 13 adolescentes de una escuela pública del interior del Estado de San Pablo, entre ellos, Caroline, se reunía con el guía Jonas Rodrigues Pimentel. Era su primera vez en una Bienal de arte contemporánea. Al ser cuestionados si querían ver alguna obra en especial, varias voces respondieron en coro: “La obra que mata a Lula”. Jonas atendió el pedido y, en la mitad de la visita, llevó a los ocho varones, a las siete chicas y a la profesora al tercer piso, para contemplar la obra de Gil Vicente. Aprovechó para explicar la polémica que causó fuera de los muros de la Bienal, cuando la Orden de los Abogados de Brasil de San Pablo (OAB-SP) determinó que los dibujos hacían una apología al crimen y debían ser excluidos de la muestra. Levantando la bandera de libertad de expresión e independencia curatorial, los organizadores de la Bienal negaron el pedido. La polémica explica por qué los estudiantes de la pequeña Valinhos, una ciudad de 105 mil habitantes, a 90 kilómetros de San Pablo, ya conocían este artista y no a los otros 159 que también forman parte de la muestra. Luego de la explicación, Caroline miró nuevamente los dibujos y completó: “Pero no está bien poner la indignación en la forma de violencia. No se puede querer matar a esos políticos.”

De piel lisa y clara, ojos marrones y cara redonda, Caroline es alegre, pero demuestra constantemente una postura controlada. Es la única del grupo que anota religiosamente sus impresiones sobre las obras que conoce durante el paseo. “Me tengo que sacar un diez en el trabajo, sino mis papás me matan”, dice. Después de una breve pausa, agrega: “No me matan de verdad, pero se enojan”. Debajo de su hoja rayada, sobre el anotador, guarda el trabajo que debe completar después de la visita y se asegura de no perder ningún detalle.

Una gomita sujeta su pelo ondulado, castaño claro, y su flequillo descansa atrás de sus orejas adolescentes. Con poco más de 1,60 m de altura, usa un pantalón negro deportivo, con una cinta en las laterales que dice VALINHOS, nombre de su ciudad, una chomba blanca con el escudo de su escuela y una chaqueta roja, con la misma cinta del pantalón. Lleva un bolso beige, en el que “sólo vas a encontrar libros”, le explica Caroline a la mujer de seguridad que la revisó al entrar al edificio.

La primera obra que el grupo visitó fue un documental sobre “pixação” (léase pishasaum, con el sonido nasal típico del portugués), un tipo de graffiti de formas tipográficas en apenas un color, realizado sobre edificios urbanos, con fuerte presencia en San Pablo. Considerado en general como una expresión transgresora que ensucia la ciudad, su principal marca es la lucha por llegar a muros de más difícil acceso. El grupo de adolescentes observaba las escenas en la gran pantalla, acompañadas de música electrónica como banda de sonido. Algunos se dispersaban. El guía esperó unos momentos antes de intervenir. Morocho, con rulos definidos, una barba que aparentaba ser de cinco días, vestía una camiseta rayada de manga larga y, encima de ella, una remera verde oficial de la Bienal.

– ¿Por qué las personas “pixan” la ciudad?, incitó Jonas.
– ¡Vandalismo!, responde uno de los chicos.
– Quieren marcar territorio, agrega otro.

El debate continuó hasta que el guía hizo otra pregunta.
– ¿Y qué los motivaría a hacer una “pixação”?
– No me motivaría nada. Nunca haría “pixação”.

La respuesta de Caroline lo desconcertó y no supo responder. Se escuchó un suspiro de alguien cansado con la discusión y el grupo pasó a ver otras obras. Mientras caminaban, se encontraban con otros grupos escolares. El ambiente no llegaba a los niveles de ruido y desorden que habían inundado la Bienal el domingo anterior. Los grupos andaban juntos y se entrelazaban con adultos que caminaban con paciencia.

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